Jacques Le Goff y su Edad Media

11 de septiembre de 2016 Deja un comentario

La obra que propongo a la lectura y la mirada de quienes se adentren en ella se sitúa en un nuevo ámbito de la historia que está en plena expansión: el ámbito de lo imaginario.

Jacques Le Goff – Héroes, maravillas y leyendas de la Edad Media

PARIS: JACQUES LE GOFF EN SEANCE DE POSE

Jacques Le Goff

Entre los orígenes de la civilización y el llamado Renacimiento se extiende un fascinante cuento milenario que combina fábulas, héroes, y fantásticas creaturas que, dicen los historiadores, en realidad nunca existieron. Pero eso no es lo importante, para los aficionados al estudio del cada vez más grande campo de la ficción y lo imaginario, este es quizá el periodo más fecundo.

Es por esto que la recomendación de este mes se dirige a los textos del francés Jacques Le Goff. Nacido en Toulon, del desaparecido Le Goff pueden encontrarse en español títulos como: En busca de la Edad Media, La Edad Media explicada a los jóvenes, Héroes, maravillas y leyendas de la Edad Media y Una historia del cuerpo en la Edad Media, este último en coautoría con Nicolas Truong. Son especialmente recomendables las ediciones en pasta dura de la colección Orígenes de Paidós.

En sus textos, el francés describe y explica con gran amenidad capítulos trascendentes dentro de esa mal llamada edad oscura, así como elementos clave de su cotidianeidad. Entre castillos, catedrales, caballeros y juglares, el recorrido nos muestra también cómo las expresiones artísticas contemporáneas y la industria del entretenimiento encuentran en estas historias medievales una inagotable fuente de inspiración para satisfacer el creciente mercado de irrealidades; de mundos lejanos, extraordinarios y emocionantes.

Acompañada de ilustraciones geniales, la narrativa de Le Goff en las obras señaladas se aleja con alegre cuidado del academicismo que suele dominar textos similares, sumándose así a una tradición que recuerda los trabajos de otro célebre divulgador europeo: Indro Montanelli (quién en colaboración con Roberto Gervaso también se ocupa de este periodo en su Historia de la Edad Media). Sobra decir cuan valiosos son estos esfuerzos para quienes no somos especialistas.

Es por todo lo anterior que estoy seguro que el lector disfrutará este viaje, y que regresará de él con un conocimiento mucho más actual de lo esperado. La pasión de Le Goff nos recuerda la importancia de los estudios históricos y su difusión eficaz, aspectos de los que nuestra sociedad continúa alejándose con preocupante determinación.

Para seguir familiarizándonos con el periodo desde una perspectiva no académica se recomiendan las novelas de Ken Follet, Los pilares de la tierra y Un mundo sin fin. Así como la historia que lanzó a Umberto Eco al éxito literario El nombre de la rosa, cuya famosa versión cinematográfica dirigida por Jean-Jacques Annaud, muestra con gran acierto los aspectos sociales de la época gracias al mismo Le Goff, quien fue el asesor de la producción.

La bala alojada en la cabeza

19 de agosto de 2016 Deja un comentario

La tienda de los suicidasde Jean Teulé – Bruguera

“El gobierno, consciente de su incompetencia y su culpabilidad, ha decidido suicidarse esta noche en directo en la tele. ¿Puedes prepararles lo necesario?”

Jean Teulé – La tienda de los suicidas

En la “Ciudad de las religiones olvidadas” la vida ha perdido sentido y valor. Cansados del debate que no se resuelve, pues ni aparece el bosón de Higgs ni regresa Jesucristo, la paciencia se agota y en un mundo plagado de conflictos (Mónaco es ahora un enorme campo de entrenamiento para “mártires”) el suicidio no parece más una mala idea. De ahí el éxito del negocio de la familia Tuvache, protagonistas de la breve novela del francés Jean Teulé; La tienda de los suicidas.

La tienda de los suicidas - Jean Teulé

La tienda de los suicidas – Jean Teulé

 Y es que en un mundo como el que acabamos de describir, la decepción resultaría un negocio muy rentable. Este es uno de los ejercicios imaginativos que a mi entender propone el relato de Teulé: Pensemos el mundo un milenio después; corre el año 3016 y el “progreso” global sigue enfrentando complejas calamidades terrenales y, al mismo tiempo, la crisis de la fe continúa en aquellas latitudes donde aún es posible el desarrollo del pensamiento crítico. Sin embargo, el precio de la desilusión religiosa se ha mostrado excesivamente alto. Incapaces históricamente de comprender que las raíces de lo que llamamos ética y moral son estrictamente racionales, sin ningún origen divino; para las sociedades que deban lidiar con este proceso de decepción es posible que sea muy complicado reformularse el valor de su existencia sobre la tierra, toda vez que en el universo del relato ya no existe la esperanza del más allá, del paraíso, de la vida eterna.

A manera de un mesías secular, Alan, el hijo menor de los Tuvache, llega con un claro mensaje de aprecio por la vida terrenal, un mensaje complejo sobre la posibilidad de ser felices aún ante la promesa rota de un paraíso posterior. La transición no será sencilla, no existe ya en el planeta imaginado un ejemplo de organización social regida por los olvidados principios de respeto hombre-naturaleza, ni rincón del mundo civilizado donde las palabras dios, pecado, paraíso, etc., no influyan en el entorno público y privado de su cotidianidad.

A pesar de su final un tanto predecible, la aparición y extraña naturaleza de Alán suscita preguntas interesantes para el lector profundo, ese que como dijo Goethe, disfruta reflexionando. Puede encontrarse también una entretenida y bastante alterada versión animada.

Le magasin des suicides

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Tomado de…. Palinuro de México por Fernando del Paso

30 de junio de 2015 Deja un comentario

Tuvimos que hacer el amor en silencio, y nos limitamos a comunicarnos tan sólo con el lenguaje de nuestras lágrimas, nuestros besos y caricias, nuestros eructos y nuestros gestos, sin decirnos una sola cosa ni en español ni en ningún otro idioma. Pero a cambio de esto, y para que mi prima viera que en efecto yo hablaba más de un idioma vivo y más de una lengua muerta, un día la besé en francés. Ella se limitó a bostezar en sueco. Yo la odié un poco en inglés y le hice un ademán obsceno en italiano. Ella fue al baño y dio un portazo en ruso. Cuando salió, yo le guiñé el ojo en chino y ella me sacó la lengua en sánscrito. Acabamos haciendo el amor en esperanto.portada-palinuro-de-mexico_grande

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Un testimonio y su lectura bárbara

22 de junio de 2013 Deja un comentario

Justicia, de Gerardo Laveaga – Alfaguara

Mi padre tenía la costumbre de comenzar el día escuchando el noticiero en la radio. Lo que entonces me parecía una costumbre de lo más aburrida, hoy la encuentro incluso perniciosa. Las empresas deberían prohibir a sus empleados este tipo de prácticas; nada bueno puede esperarse de alguien que antes de empezar sus labores recuerda que el sistema del que se dispone a participar, no sólo no funciona, sino que constantemente renueva los medios en que le somete. La voz ronca y monótona iba acompañada del siseo constante que resultaba de la pobJUSTICIA_CUB.inddre recepción y que brindaba a los ya de por sí tristes relatos, una atmósfera todavía más desesperante. Por supuesto nada tengo en contra de la información (por muy discutibles que sean los medios) pero supongo que estaremos de acuerdo en que estos espacios se limitan a la descripción y no es su objetivo invitar a la reflexión ni promover la crítica, es decir, estamos ante una imagen sin perspectivas; de pie frente a un fresco que representa lo sucedido en las últimas horas. Y es precisamente esta palabra, fresco, de la que Gerardo Laveaga se vale, en casi cada entrevista, para describir lo que busca lograr en su novela Justicia; un documento testimonial de algunos aspectos del sistema de justicia penal en México.

Abogado de profesión, Laveaga incursionó muy joven en el mundo literario y cuenta ya con cuatro novelas y una cifra importante de ventas y premios. Catedrático (Departamento de Derecho del ITAM), conductor de un programa de televisión (Derechos en pugna) y columnista (Literari@ de Excélsior), no discutiremos su capacidad y conocimientos, sino lo que a mi parecer es un intento fallido de literaturizar nuestra realidad.

Nuestro amado México es un complejo escenario del que no es muy complicado extraer una idea interesante para una novela negra o un thriller policiaco. Sin embargo, una vez concebida la raíz primera de nuestra novela, necesitaremos una forma fascinante de contarla, buscaremos evitar convertir nuestra ópera prima en un vacío testimonio; podemos añadirle nuestra indignación y reclamos, pero trataremos de no reducirla a lo que Alejandro Rossi describió, en su ensayo La lectura bárbara, como una prosa didáctica, aséptica e informativa propia del trato a los problemas políticos. No podemos atraer al lector a un viaje de 334 páginas si no contamos con la forma y el estilo que haga atractiva nuestra historia; a diferencia del desabrido noticiero, trataremos que nuestros personajes sí naveguen entre la reflexión, la crítica y sus complejidades. Lamentablemente, en mi opinión, Gerardo Laveaga se ha limitado a la idea y a la nota periodística de 334 páginas. La novela se aleja con irritante cuidado de la profundidad y la discusión, carece del diseño metódico que caracteriza a los personajes destinados a perdurar y contiene fragmentos literalmente soporíferos. Una joven privilegiada estudiante de derecho, un caso de alcances políticos importantes y un sistema ineficiente y corrupto. Laveaga no ha sabido arriesgarse y no ha podido sorprendernos. Termina compartiéndonos un recordatorio más de lo que la enorme mayoría conoce porque lo ha sufrido: La impunidad de quien detenta el poder, la necesidad e impotencia de una sociedad ignorante, la tragedia de carecer de influencias.

Presa de las formas sencillas y superficiales de la novela, el lector es el más perjudicado luego de estos viajes que ofrecen poco más que el noticiero matutino. Alejandro Rossi lo expresará mejor que el más lúcido de mis intentos:

El lenguaje no es la única víctima. La principal es el lector que ha sido adiestrado en el reconocimiento de unas cuantas fórmulas pobretonas y monótonas. Le han enseñado una retórica escuálida que lo separa a la vez de la estética y de la crítica. Un lector que cae en un mar de perplejidades si el ensayo o el libro se apartan un milímetro del sonsonete habitual; un lector, por consiguiente, que se escandaliza con demasiada facilidad. Un lector a quien le han cerrado muchas puertas. La lectura bárbara a la que está encadenado es, en definitiva, la reducción del lenguaje a registros mínimos y clasificados. Pero un lenguaje amputado corresponde siempre a un pensamiento trunco.

Justicia no sólo no alcanza la calidad literaria que el palmarés de su autor invita a imaginar, sino que incluso se detiene lejos del fresco pretendido.

A manera de epílogo me permito recomendar con entusiasmo el Manual del distraído de Alejandro Rossi en dónde, entre otros excelentes ensayos y narraciones, se encuentra el citado: La lectura bárbara.

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¿De dónde surgen las mentiras? Sobre el origen del novelista

26 de mayo de 2013 Deja un comentario
Pintura con maquina de escribir, sombrero y manzana. Jesús Navarro

Pintura con maquina de escribir, sombrero y manzana. Jesús Navarro

Apenas a los siete años, tras escribir unos sencillos versos, Goethe ya daba muestras de un inusual talento. Dedicados a su abuela en ocasión del Año Nuevo de 1757, el escritor alemán cerraba aquel presente con estas proféticas palabras: “Esas son las primeras líneas que recibes de mi, pero mi pluma no va a tardar en adquirir destreza.”

   Son este tipo de ejemplos de talento prematuro los que nos permiten preguntarnos: ¿Es posible enseñar a ser escritor, o es acaso un privilegio de algunos dechados de ingenio? Las opiniones, sobra decirlo, son divididas y sería necio pretender encontrar aquí la respuesta definitiva; es por lo tanto, y como siempre, el debate lo que apasiona.

   El escritor estadounidense Philip Roth, cuestionado sobre la utilidad de los talleres literarios, comentaba tajantemente el desperdicio de tiempo y recursos que para él representan:

Si yo fuera profesor de uno de estos cursos les diría a mis alumnos: “El primer año vais a contraer una enfermedad que casi os mata y os vais a pasar un año entero en el hospital. Tan pronto os reincorporéis a la vida normal haréis que os suelten en paracaídas y sin un céntimo en el bolsillo en medio de un país extraño del que no conozcáis la lengua. En él transcurrirá vuestro segundo año. Durante el tercero y último trabajaréis en una mina de carbón”. A los que superaran todo esto les extendería un certificado de aptitud para comenzar a escribir.

Es decir, para el creador de Nathan Zuckerman no hay mejor taller que la experiencia que los días nos pueden brindar. Experiencia con la que Goethe no contaba al momento de nuestro ejemplo anterior. Si escribir una novela es, como diría Vargas Llosa, una ceremonia parecida al strip-tease en la que, con sus sutiles diferencias, no se puede escuchar con facilidad ese corazón autobiográfico que fatalmente late en toda ficción, entonces no puede negarse la importancia del aspecto vivencial. Pero, sobran igualmente ejemplos de vidas promedio que producen páginas increíbles, esto lo explica el arequipeño al recordar que estas experiencias personales, que producen el impulso para escribir la historia, no son solamente vividas, sino también soñadas, oídas, leídas. No todos fueron castigados con aventuras y decepciones en sus imberbes años al estilo Dickens.

   Entonces los aspectos a considerar se presentan inacabables; qué se escribe, para qué, desde donde, a qué precio, etc… Por lo pronto y a manera de comienzo podemos atisbar un par de características que todos parecen compartir.

1 La lectura voraz: Diderot, Voltaire, Homero, Virgilio entre otros, eran los autores preferidos del pequeño Goethe apenas a los seis años. A su vez, Giovanni Papini devoraba desde los cuatro años todo cuanto caía en sus manos agotando prontamente la escasa biblioteca de sus padres. Es decir, la pasión por leer puede sobrevivir sin la pasión por escribir, por supuesto, pero la pasión por la escritura no sabría a donde asirse sin su eterna compañera la lectura.

2 Vivir para escribir: Ray Bradbury, sin posibilidades de seguir estudiando, trabajaba vendiendo periódicos en una esquina por 10 dólares semanales, todo para encerrarse a escribir historias en la biblioteca local por las tardes (esto a los dieciocho años, cuando llevaba ya quince como lector voraz.) El halo romántico que rodea al oficio se justifica con historias como esta, aunque bien puede romperse cuando uno escribe historias para su hijo para luego, súbitamente, convertirse en el escritor mejor pagado de la historia. Señal esta última, pocas veces sinónimo de éxito literario.

   Podemos entonces ayudarnos a distinguir si el arriesgado oficio de la narración es para nosotros respondiendo si poseemos algunas de las características anteriores o podemos no pensarlo y sentarnos a escribir sin importar si existe forma alguna de aprender a hacerlo. Éstas magníficas voluntades y espíritus contagiados con el germen corrosivo de la creación pueden, o no, ser producto de algún aprendizaje directo pero siempre vivirán preguntándose, al estilo García Márquez, en ocasión de sus talleres publicados para guión:

¿qué clase de misterio es ese que hace que el simple deseo de contar historias se convierta en una pasión, que un ser humano sea capaz de morir por ella; morir de hambre, de frío o lo que sea, con tal de hacer una cosa que no se puede ver ni tocar y que, al fin y al cabo, si bien se mira, no sirve para nada?

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Profundas angustias de supervivencia

18 de mayo de 2013 Deja un comentario

Trampa 22, de Joseph Heller – RBA

Cuando uno lee en una portada que se encuentra ante “Una obra maestra y apocalíptica”, más allá de creerlo seguramente sentirá que debe averiguarlo. Después, en mi opinión, uno descubre con agradable sorpresa que el Chicago Sun Times ha descrito a Trampa 22 de modo significativamente acertado.

   Habiendo cumplido sesenta misiones a bordo de un bombardero B-25 hacia el ocaso de la segunda guerra mundial, Joseph Heller sabe perfectameTrampa 22nte de lo que habla. Sin embargo, Trampa 22 dista mucho de ser un recuento de sus experiencias o un relato fiel de lo mucho que ha visto. La novela es un análisis cruento y a la vez cómico de todo lo que la guerra esconde al ojo inexperto, un acercamiento, mediante un sobresaliente humor negro, a la psicología profunda del combatiente. “La gente va y pelea en la guerra porque no comprende la seriedad de lo que está haciendo” declaró Heller en una ocasión; la novela expone esta peligrosa ignorancia y la irracionalidad inherente a todo conflicto bélico.

   Yossarian, personaje principal, es una víctima más del sistema, de la trampa 22. Decidido a no seguir arriesgando su vida, comienza a negarse a realizar más misiones alegando enfermedad mental. El problema surge bajo la lógica del sistema: efectivamente, sólo los enfermos mentales diagnosticados pueden ser dados de baja, para ello lo único que tienen que hacer es una solicitud formal; sin embargo, al momento de realizar dicha solicitud, el interesado demuestra que, de hecho, está perfectamente cuerdo, puesto que, al mismo tiempo, sólo los locos realizan las peligrosas misiones aéreas sin reprochar. Es decir, los locos vuelan sin quejarse y quien se queja demuestra la salud mental necesaria para seguir volando. De este modo es imposible librarse de cualquier orden por absurda que parezca. Entre la colección de personajes peculiares que encontramos, no hay uno solo que pueda ser considerado mentalmente estable, todos y cada uno sufren de una especie de embotamiento que el conflicto y sus implicaciones parecen contagiarles. Heller había dado en el clavo. Publicada en 1961, la novela se convirtió en el libro de cabecera de los manifestantes antibelicistas que años después rechazaban la intromisión estadounidense en lo que entonces era territorio indochino. Apoyar el conflicto no era otra cosa que la muestra clara de una falta grave de capacidad de discernimiento; la ironía rosa el clímax bajo el recuerdo de lo que sucedió en Vietnam.

   Trampa 22 es un paseo por las contradicciones que subyacen al nacimiento de todo conflicto, pero también un recuerdo de los sacrificios que exige; el humor queda de lado en algunos pasajes de gran emotividad que relatan la muerte de jóvenes soldados. Entre las magníficas escenas y la interesante y vasta colección de ideas y máximas que en sus páginas podemos encontrar, Heller aborda el papel de la religión entre los soldados, la desesperación que sufren las familias de los combatientes, las mentiras y mitos del malentendido honor de los “héroes de guerra” y la complejidad de las transformaciones que sufre quien ha pisado un campo de batalla, entre otras.

   Adaptada al cine bajo la dirección de Mike Nichols en el año de 1970, Trampa 22 es, en efecto, una obra maestra deliciosamente apocalíptica.

“Yossarian estaba comprometiendo sus tradicionales derechos de libertad e independencia con la osadía de ejercerlos.”

“Prácticamente lo único que ha descubierto en su favor (de la guerra) consistía en que pagaba bien y libraba a los niños de la perniciosa influencia de sus padres.”

Un homenaje a la imaginación

25 de abril de 2013 Deja un comentario

La máquina de volar - Azhar AbidiLa máquina de volar, de Azhar Abidi – Suma de letras

Para nadie es un misterio que ha toda empresa exitosa, antecede la pasión de no pocos intentos. Pocos también son los afortunados que nunca necesitaron de la herramienta destructiva que, de un momento a otro, les permitiera poder deshacer para volver a comenzar y, aun estos contados privilegiados, seguramente nunca trabajaron sin conservar cerca de la diestra ésta posibilidad. Para cada soñador, sus intentos y sus anhelos inconclusos, va un breve pero relevante homenaje.

La máquina de volar de Azhar Abidi es una breve novela de aventuras de una fluidez y amenidad envidiables. La historia del sacerdote Bartolomeu Lourenco de Gusmao y de su hermano -nuestro nostálgico narrador- nos recuerda el origen fundamental de nuestros más empecinados objetivos; una algarabía (que no haríamos mal en llamar infantil) producto de la enorme satisfacción, del goce absoluto que resulta toda vez que nos permitimos volver a intentarlo. El sacerdote Bartolomeu es un personaje que hoy podría parecernos inconcebible; ha olvidado cualquier cosa y dedica cada minuto a la perfección del passarola; no hay tiempo para el amor, para el ocio, para las recompensas materiales, nuestro sereno sacerdote no encuentra satisfacción en otra cosa que no sea el estudio y manejo de su nave, en la libertad que le brinda cada viaje, en el alejarse del caótico pensamiento retrógrada que allá abajo le persigue.

A Bartolomeu le acompaña un fraternal cómplice. Su hermano Alexandre cuenta su historia, le ha acompañado en sus primeros viajes y ha probado el agridulce sabor de la aventura aérea. Alexandre representa el balance. Con su vida en riesgo ante las condiciones extremas a las que el passarola desafía cada vez que abandona la cuasi seguridad de la tierra firme, Alexandre decide llevar una vida más acorde a lo que los tiempos y su entorno exigen; a diferencia de su hermano mayor, Alex terminará por adentrarse, si se quiere, en la realidad. El contrapeso a la imaginación pura y desbordada, a la locura y al sueño, es el papel de quien comparte el testimonio necesario para conservar cada historia que de otro modo, sin dicho contrapeso, se elevaría hasta el olvido. Sin Bartolomeu no habría historias que contar, sin Alexandre no habría quien cuente tanta historia.

Así, el pájaro grande –que eso significa passarola-, se adentra entre las nubes, a cada viaje, entre la autoridad religiosa que pretende derribarle; entre mentes liberales que persiguen igualmente ideas innovadoras, entre la ciencia y la diversión. En el momento en que decidamos abordar La máquina de volar, entiéndase que podremos descender, según sea el caso, con una nostalgia enraizada en el sentimiento lúgubre de haber errado el camino, pero, compréndase también que, si es usted un desafortunado arrepentido, siempre quedará tiempo para elevarse una vez más. No vaya ser que al sofocar la inquietud de su juventud también deje morir una parte de usted.

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